miércoles, 17 enero 2018 Número de edición: 5347
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‘Año de la Misericordia’. Kowalska-Wojtyla (XI). Amar es lo contrario de utilizar

‘Año de la Misericordia’. Kowalska-Wojtyla (XI). Amar es lo contrario de utilizar
  • Santa Faustina: para ser puro hay que ser un guerrero.
  • Con el relativismo, el hombre eterniza el vértigo existencial.
  • 1968 sería el año de la Humanae Vitae, la encíclica más famosa.
  • La moral católica no había detenido el avance científico sino que, al contrario, se había adelantado a sus conclusiones empíricas.
  • Dios no puede ser demócrata porque es el inventor del hombre de la democracia.
  • La sexualidad humana, única especie compuesta de cuerpo y alma, tiene un doble objetivo: unitivo y procreativo.
  • No se trataba de no tener hijos sin matar, sino de donación mutua y generosidad para abrirse  a la vida y la descendencia.
  •  La labor de Pablo VI sería completada por el tal Wojtyla, cuando ascendiera al solio pontificio, diez años después de la Humanae Vitae.

“Prepararás al mundo para mi última venida”. “Hoy, durante las vísperas, el Señor me hizo saber cuánto le agrada el corazón puro y libre. Sentí que es una delicia para Dios mirar tal corazón. Pero tales corazones son corazones de guerreros, su vida es una continua batalla”.

Santa Faustina lo tenía claro: para lascivo vale cualquiera, para ser puro hay que ser un guerrero. Pero los puros son libres, los rijosos no.

Y así llegamos a 1968 cuando eclosiona el Mayo Francés, donde se fecha el nacimiento oficial del progresismo occidental, o mejor, su cima social, es decir, la toma de posesión de la mayor tontuna filosófica que vieron los tiempos: el relativismo.

Nunca una ‘contradictio in terminis’ alcanzó tanta popularidad. El oxímoron “Nada es verdad no es nada es mentira”… menos justamente eso, que nada es verdad ni mentira, convertido en dogma de la necedad. “Prohibido prohibir”… ergo lo único es que sí hay algo prohibido: la prohibición. “Todo es opinable”… luego ya hay un terreno vedado para la libertad de opinión: justamente ese.

Con el relativismo, el hombre eterniza el vértigo existencial, el miedo al hombre y el odio a un Dios que tiene la osadía de pretender ejercer de Dios, decidir lo que estaba bien o mal, lo cual, como todo el mundo sabe, es inadmisible en democracia.

De la modernidad, presentada como vademécum de la libertad, y como no podía ser de otro modo, pasaríamos a la tiranía, ya en el siglo XXI, reacción pendular que venía a arramblar con el relativismo para explicarnos que todo es verdad, sobre todo lo que digo yo, nada es opinable porque mis sentimientos son mis pensamientos y el que los contradiga es, por lo menos, un fascista; la libertad conduce al caos, ergo hay que prohibir y normatizar todo, desde el número de hijos a la velocidad a la que se conduce. La única verdad, el único código moral, es el que figura en el Boletín Oficial del Estado.

La vida se convierte así en supervivencia. En el siglo XXI se pasaría del modernismo hippie al Estado de Derecho que, como su mismo nombre indica, significa que el Estado posee todos los derechos y la persona tiene el derecho de obedecer al Estado y al poder político, económico y judicial.

Todo muy sociológico sí, filosófico sí, pero lo cierto es que el progresismo del mayo francés olía a prostíbulo, hedor que se trataba de simular con ambientador barato… como en las casas de lenocinio.

Y, como no podía ser de otra forma, 1968 no será tan sólo el año de las revueltas estudiantiles -que no obreras- en Europa y Estados Unidos. Sería, además, el año de la Humanae Vitae, la encíclica más famosa. Se publicaría el 25 de julio de ese año tan formidable como lamentable. Elaborada por la Comisión vaticana creada ya en tiempos de Juan XXIII, el debate en el seno de la Iglesia se iba a centrar en píldora sí, píldora no. Ganó el no, pero pareció perder hasta el ultimísimo minuto, porque la mayoría de esa comisión era favorable a la “legalización” de los anticonceptivos según la curiosa teoría de que lo importante era que los esposos mantuvieran una especie de ‘política general’ de apertura a la vida. En cristiano, que podías convivir sexualmente con tu pareja atiborrada de píldoras para no concebir siempre que el “contexto moral general” se mostrara partidario de abrirse a la vida. ¿No me digan que no es bonito? Traducido al castizo: puedes copular sin temor a que la parienta se quede embarazada con tal de que tu disposición general, sea la de procrear. Algo así como la excepción convertida en regla.

Nótese que, por aquel entonces, la ciencia no había avanzado lo suficiente en el conocimiento de la gestación. En otras palabras, hoy tenemos más seguridad empírica que en la década de los sesenta sobre la cuestión principal: que el ser humano comienza con la concepción o que no comienza en modo alguno. Comienza cuando la ciencia requetecertificó que en cada cigoto existe un código genético individuado distinto del padre y de la madre. En definitiva que, como siempre ocurre, la moral católica no había detenido el avance científico sino que, al contrario, se había adelantado a sus conclusiones empíricas por la vía, no de la fe, sino de la razón y el sentido común.

La Humanae Vitae provocó el terremoto doctrinal más grande sufrido por la Iglesia católica en todo el siglo XX. Porque hay que decirlo: la mayoría de los miembros de la Comisión vaticana eran favorables a dar luz verde al uso de anticonceptivos por católicos. Pero ganó la minoría, quizás porque el Espíritu Santo no se atiene a la otra mayoría que la mayoría de la verdad. Habrá que decirlo de una vez: Dios no puede ser demócrata porque es el inventor del hombre de la democracia.

En suma, la Humanae Vitae de Pablo VI, prohibió los métodos artificiales de control de la natalidad y el mundo todavía no se lo ha perdonado.

¿Qué intervención tuvo el guerrero Juan Pablo II, entonces arzobispo de Cracovia, en la más famosa encíclica de Pablo VI? Pues menos de lo que hubiera deseado. Las autoridades comunistas polacas prohibieron a Juan Pablo II el visado para viajar a Roma y participar en la sesiones de la Comisión. Según su método particular, trabajar en positivo, Karol Wojtyla colaboró en la gestación de la Humanae Vitae creando una Comisión propia en Cracovia, cuyos trabajos escandalizarían a los progresistas de la Curia. Cracovia fue mucho más allá de la castidad y apuntó directamente a la pureza que Faustina Kowalska había reservado, 30 años atrás, como territorio exclusivo para audaces. Los cracovianos no se conformaron con las conclusiones -no usar la píldora- y prefirieron abordar las causas.

Primera premisa: la sexualidad humana, única especie compuesta de cuerpo y alma, tiene un doble objetivo: unitivo y procreativo, a un tiempo, y ambos elementos no se pueden separar: “El número de criaturas llamadas a la existencia no puede dejarse al azar”, debe ser el resultado de “un diálogo de amor entre marido y mujer”. Con ello, Wojtyla defendía, sobre todo, a la mujer, que desde que el mundo es mundo afronta la habitual tendencia masculina a utilizarla como instrumento de placer, sabedor de que la que se queda embarazada es ella.

Algo de razón debían llevar cuando lo cierto es que la contracepción -insisto, en aquel entonces estaba mucho menos claro que ahora que todos los anticonceptivos pueden ser abortivos– ha resultado la mayor esclavitud para la mujer, mucho más sensible que el hombre al reconocer que el acto conyugal no puede convertirse en un mero desfogue animal, ni aún cuando sea libremente consentido por ambas partes.

La antropología cristiana asegura que el hombre es hijo de Dios y que un hijo de Dios no puede utilizar a otro, ni de forma libre ni forzada, ni tampoco sirve la utilización mutua.

El autor de Amor y responsabilidad define toda la cuestión de la sexualidad humana con una frase terminante y clarividente: “Amar es lo contrario de utilizar”. Un concepto que es preciso explicar a todos los varones pero que no precisa explicación para la mayoría de las mujeres, con la excepción de degeneradas y machorras: lo llevan grabado en su propia sensibilidad.

Por eso, la Comisión cracoviana llegó mucho más allá que la vaticana. Por ejemplo, para los polacos, los sacerdotes que se conformaban con hablar en negativo, es decir, que se limitaban a recomendar a los matrimonios que no acudieran al fármaco sino que atendieran a la regulación natural según los ciclos biológicos no sólo se quedaban en el límite de lo admisible sino que con colaboraban con la “gran confusión de ideas” que reducía la vida sexual de la pareja a la elusión del infanticidio. Si lo prefieren así: uno de los fines básicos del matrimonio, además de la donación al/a la otro/otra, era la procreación, de la que tan responsable es el hombre como la mujer.

No se trataba de no tener hijos sin matar, sino de donación mutua y generosidad para abrirse  a la vida y la descendencia con la única frontera del sentido común y siempre de común acuerdo, con “responsabilidad mutua”. Con ello, Wojtyla pasaba de lo que no se puede hacer a lo que se debe hacer. Y con ello conseguía plantear a las parejas un proyecto por el que realmente merecía la pena apostar con entusiasmo. Lo otro era utilizar el matrimonio como antídoto de la concupiscencia. Lo es, pero oiga, para esa política mezquina no hacen falta hilar teología.

Entendámonos: la Humanae Vitae prohibía lo que tenía que prohibir y por ello ha quedado como faro seguro durante tres generaciones, y como obsesión para todos los partidarios de la animalización del hombre o, en palabras de Clive Lewis, de “la abolición del hombre”, que no a otra meta conduce el progresismo, pero no profundizaba en el por qué se debe hacer lo que hay que proponerse hacer. La labor de Pablo VI sería completada por el tal Wojtyla, cuando ascendiera al solio pontificio, diez años después de la Humanae Vitae.

En cualquier caso, el principio ya estaba plantado desde Cracovia: Amar es lo contrario de utilizar.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com